Este asunto de los coches en China plantea crudamente en la práctica un problema que se ha planteado ya mil veces en la teoría. El reciente informe del Club de Roma Factor cuatro que he citado ya aquí lo repetía diciendo: "El consumo directo o indirecto del 10% más rico de la población mundial en energía, superficie de suelo, agua, aire y otros recursos naturales no puede ampliarse al 90% restante sin que la Tierra sufra un colapso ecológico". (72)
Y, sin embargo, es claro que no hay ninguna razón válida
(y además si la hubiera sería imposible imponerla)
que justificara que los europeos, japoneses y estadounidenses,
que usamos tantos coches, les prohibiéramos a los chinos
(y a los hindúes y a los latinoamericanos y a los africanos)
que usen coches. El problema es que entre todos nos
cargamos el planeta si ellos los usan con la frecuencia con
la que los usamos los privilegiados del Norte. Por lo menos es
seguro que nos cargamos la atmósfera, acelerando el efecto
invernadero, hasta el grado de hacérnosla invivible.
La única solución sensata es que nadie usemos
coches privados.
Yo soy comunista y abertzale. Propugno la independencia de Euskal
Herria y la simultánea destrucción en ella del Modo
de Producción Capitalista. Y soy muy consciente de que
una de las más difíciles sensibilizaciones que para
ello es preciso lograr es la que convenza a la población
vasca de que hay que eliminar el uso de coches privados substituyéndolo
por transporte alternativo y transporte público.
Difícil (que lo es mucho) o no, es imprescindible. Porque
seguir como hasta ahora es condenar a muerte (y no a largo plazo)
a la vida en el planeta. De forma que el dilema no es coche sí
o no. Sino muertos con coche o vivos como peatones, ciclistas
y usuarios de transportes públicos.
Dixi et salvavi animam meam.
Justo de la Cueva Alonso
Pamplona 21 de septiembre de 1996
Postdata. Para evitar a los imbéciles de turno la torpe
descalificación de estas páginas con el argumento
ad hominem aviso: ni tengo ni he tenido nunca coche ni carnet
de conducir (por razones ideológicas me negué eso
al acabar la carrera para evitarme el contagio del consumismo).
Pero no hace falta ser gallina para saber cuando un huevo está
podrido. Y el automóvil hiede cantidad.